La verdad es que tengo el corazón dividido. Que ya me dirán ustedes si con la que está cayendo es legítimo que les hable ahora de corazones. Pero es que la cosa produce ternura, no dirán que no, entre los dirigentes portugueses subiendo los impuestos para llegar a fin de mes, y los españoles en plan negarlo todo, en la versión libre del género tonto de la política del avestruz, escondo la cabeza y a ver si escampa.
Entre medias tenemos a algún analista de una reputadísima entidad financiera diciéndole a Rajoy, como ya le dijo el presidente de dicha entidad al mismo Mariano semanas atrás, que se deje de marear la perdiz y que pida más pronto que tarde el chorro de millones. Que a corto plazo todo será beneficios y a largo plazo Dios proveerá. Y aquí es donde no se me tuerce el gesto, pero casi, y se me hielan los pulsos.
Porque, por un lado, el sentido común me dice y nos dice a todos que sí, que si lo que falta son billetes contantes y sonantes, una inyección de capital por muchas condiciones que le pongan siempre dará un respiro. Pero luego uno se pone a ver a nuestros vecinos portugueses, y se persigna, aun siendo agnóstico, porque probablemente seguimos sin saber cuánto mide el agujero global, y qué debe pasar además de un holocausto para cerrar tantas heridas.
